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          Apuntes del Profesor Luis Carrasco-Garrido

Apuntes del Profesor Luis Carrasco-Garrido

Un Blog de Opinión realizado por un Profesor de Filosofía e Ingeniero

Publicado en por Luis Ángel Carrasco Garrido

Con los años, muchos nombres se nos van borrando. Compañeros de curso, vecinos, gente con la que compartimos una etapa y que luego siguió su camino. Pero hay otros que se quedan, y casi siempre entre ellos aparece una profesora o un profesor. A veces recordamos su nombre completo; otras, apenas una frase, un gesto, la manera en que entraba a la sala. Lo curioso es que no sólo los recordamos por el contenido que nos enseñaron, sino por lo que nos hicieron sentir posible.
Si lo pensamos con honestidad, cada uno de nosotros guarda en algún profesor un modelo de lo que quiso ser o de lo que se propuso lograr. Alguien en quien vimos, por primera vez, que el conocimiento podía tener rostro humano. Esa figura no siempre fue la más brillante ni la más simpática; muchas veces fue simplemente la que nos tomó en serio.


Este Día del Profesor invita a detenerse en una profesión cuyo valor rara vez cabe en un indicador. Enseñar no se reduce a cumplir un programa ni a calificar pruebas. Es intervenir, con respeto, en la formación de una persona: acompañar sus dudas, sostener sus tropiezos y ayudarla a descubrir de qué es capaz.
Una profesora puede cambiar el rumbo de una vida con una palabra dicha a tiempo. Un profesor puede advertir un talento que nadie había visto, incluido el propio estudiante. ¿Cuántas personas eligieron su carrera porque alguien, desde una pizarra, les enseñó a mirar el mundo de otra forma? ¿Cuántas escucharon en una sala de clases, por primera vez, que sí podían? ¿ Cuántos profesores te desafiaron ?
Detrás de cada estudiante hay una historia que no siempre se ve: una familia, un problema que no se cuenta, un miedo que se disimula. Quien enseña bien aprende a leer esos silencios. Sabe que hay días en que una conversación en el pasillo vale más que la mejor clase preparada. Por eso la docencia exige saber, pero también paciencia, tacto y una disposición genuina a entender al otro.
El aula debería ser un lugar donde equivocarse no dé miedo. El error es parte del aprendizaje, y una buena pregunta vale tanto como una respuesta correcta. Formar no es producir personas que repitan, sino ciudadanas y ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, de discutir con argumentos y de hacerse cargo de su realidad.
Hay también una exigencia ética que acompaña cada clase, aunque nadie la evalúe. Los valores no se transmiten con discursos. La justicia se aprende cuando el trato es equitativo; el respeto, cuando se escucha a quien piensa distinto; la honestidad, cuando el docente es capaz de decir “me equivoqué”. Y la solidaridad, cuando se entiende que nadie debería quedarse atrás por partir con más dificultades que otros.


En ese sentido, enseñar es un ejercicio de coherencia. Los estudiantes olvidan fórmulas, fechas y definiciones, pero no olvidan cómo fueron tratados. Recuerdan a la profesora exigente que nunca fue injusta, al profesor que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía, a quien les mostró que el conocimiento sin humanidad se queda corto.
Lo más particular de este oficio es que sus frutos llegan tarde. A veces veinte o treinta años después, cuando aquel antiguo alumno enfrenta una decisión difícil, cría a sus hijos, conduce una institución o atraviesa una adversidad. En ese momento, sin darse cuenta, puede estar echando mano de algo que le enseñó alguien que quizás ya no está. Henry Adams lo dijo con precisión: «Un maestro afecta la eternidad; nunca puede saber dónde se detiene su influencia».
Quienes llevamos décadas en la docencia sabemos que enseñar es, sobre todo, seguir aprendiendo. Cada generación nos obliga a revisar certezas y a reconocer que no somos dueños del conocimiento. La educación es un encuentro entre personas, y de ese encuentro nadie sale igual: ni el estudiante ni quien enseña.
Hoy quiero expresar mi reconocimiento a las profesoras y profesores que ejercen con vocación y dignidad, y en especial a quienes lo hacen en condiciones adversas, convencidos de que educar sigue siendo una de las formas más nobles de servir.
Al final, lo que deja una buena docente o un buen docente no son solo contenidos. Deja preguntas, valores y caminos abiertos. Su legado no está en los títulos que ayudó a obtener, sino en las vidas que ayudó a encauzar. Tal vez esa sea su verdadera permanencia: seguir presente en las decisiones y en los actos de quienes alguna vez fueron sus estudiantes.
Feliz Día de la Profesora y del Profesor.
 

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