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          Apuntes del Profesor Luis Carrasco-Garrido

Apuntes del Profesor Luis Carrasco-Garrido

Un Blog de Opinión realizado por un Profesor de Filosofía e Ingeniero

Publicado en por Luis Ángel Carrasco Garrido

Por Luis Carrasco Garrido ing. Director Programa de Gestión del Riesgo y cambio Climático

En menos de una semana, Santiago ha vivido dos emergencias de naturaleza distinta y origen común. El jueves 8 de octubre, un aluvión descendió desde la precordillera sobre San Carlos de Apoquindo y llevó a decretar zona de catástrofe en Las Condes. Este martes 13, una tormenta con granizo, viento convectivo y lluvia intensa colapsó techumbres en el centro de la capital, anegó calles y dejó a miles de hogares sin electricidad. Leer estos hechos como simples caprichos del clima sería cómodo. Exige más rigor reconocer que en ambos se cruzan una amenaza que se intensifica y un conjunto de decisiones humanas que la amplificaron.

La amenaza que cambia

El octubre más lluvioso del que se tenga registro coincide con un episodio de El Niño de intensidad excepcional. Los especialistas consultados tras el aluvión explicaron el mecanismo con claridad: lluvias intensas en lapsos breves, con la isoterma cero más alta de lo habitual en primavera, caen sobre la nieve acumulada durante el invierno, la derriten y aumentan el volumen de agua y sedimento que baja por las quebradas. No corresponde atribuir un evento puntual al cambio climático sin estudios específicos, pero sí reconocer la tendencia que la comunidad científica viene advirtiendo: un clima más variable, con extremos más frecuentes y en estaciones donde antes no se esperaban. El granizo del martes, que según el alcalde de Santiago no estaba dentro de lo pronosticado, es una expresión de esa incertidumbre creciente.

Las decisiones que no cambian

La amenaza explica solo una parte del daño. La otra se encuentra en el territorio y en su gestión. El incendio del 31 de diciembre de 2025 consumió más de mil hectáreas en la precordillera de San Carlos de Apoquindo y dejó suelos sin cubierta vegetal, ramas, piedras y árboles sueltos. En febrero ya se produjo un primer aluvión, con viviendas dañadas y unos 4.000 metros cúbicos de material en las calles. La señal estaba dada. Las barreras de contención proyectadas para el sector aún estaban en preparación cuando llegó el segundo evento. Como observaron los especialistas, algunos factores de riesgo se asocian a la forma en que se han intervenido y ocupado ciertos sectores del territorio.

En el centro de Santiago, el mecanismo fue distinto, pero la lógica es la misma. El granizo se congeló en las bajadas de agua de edificios antiguos, el agua quedó retenida sobre las cubiertas y estas cedieron. Entre los daños, el alcalde mencionó el Teatro Municipal y un hogar de adultos mayores que debió evacuarse. Un sistema de evacuación pluvial pensado para un clima que ya no existe es, en estricto rigor, una decisión postergada.

Lo que dicen los debates actuales

La perspectiva latinoamericana sostiene desde hace tres décadas que los desastres no son naturales: el daño depende de la vulnerabilidad construida. Lo ocurrido confirma además dos conceptos hoy centrales. El primero es el riesgo sistémico. Un incendio genera erosión, la erosión genera aluviones, el aluvión obliga a suspender clases, cerrar clínicas y posponer decisiones de gobierno. El segundo es el riesgo extensivo. Muchas pequeñas fallas cotidianas, canaletas, drenajes y techos sin mantención, suman pérdidas que pueden superar las de un gran evento. Ambos conceptos indican que una gestión fragmentada por sectores, que espera “el gran desastre”, llega tarde a los que ya están ocurriendo.

La dimensión ética y de gobernanza

El problema de fondo no es la falta de conocimiento, sino la distancia entre saber y actuar. Tras el incendio y el aluvión de febrero, el riesgo era conocido. La pregunta ética es por qué el conocimiento no se tradujo en acción oportuna. Aquí intervienen los tiempos administrativos, los presupuestos, las prioridades políticas y una noción implícita de riesgo aceptable que rara vez se discute públicamente. Decidir que una obra puede esperar, o que un edificio antiguo puede seguir sin adecuación, es también decidir quién cargará con las consecuencias. Casi siempre son los mismos: adultos mayores, vecinos de zonas expuestas y personas sin alternativas de traslado. Sin embargo, octubre obliga a ampliar esta lectura. Durante décadas, la vulnerabilidad climática se asoció casi exclusivamente con la pobreza: viviendas precarias, asentamientos informales, comunidades sin recursos para protegerse. Hoy la propia civilización urbana se ha vuelto vulnerable. El aluvión afectó a uno de los sectores de mayores ingresos de la capital, inundó clínicas y universidades y dejó a personas atrapadas en sus instalaciones. El granizo dañó el principal teatro del país. La gran ciudad depende de redes eléctricas, drenajes, transporte y servicios estrechamente interconectados, y basta que falle un eslabón para que el sistema entero se resienta. La pobreza sigue siendo un factor decisivo de la vulnerabilidad, pero ya no explica por sí sola el daño: la complejidad de la vida urbana, construida bajo supuestos climáticos que ya no se cumplen, es hoy también una forma de exposición.

La experiencia de quienes trabajan en la primera línea de respuesta permite agregar un matiz: cada emergencia deja equipos agotados y recursos comprometidos, y la siguiente encuentra al sistema con menor capacidad. La resiliencia no es solo resistir un evento, sino evitar que la acumulación de eventos desgaste a quienes responden.

 

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