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Apuntes del Profesor de Luis Ángel Carrasco Garrido

Mi Historia del Almacén (I).

14 Septiembre 2010 , Escrito por LACG Etiquetado en #Educación

azucar                                     Mi historia del Almacén

 

La verdad es que tengo muchas historias sobre almacén, cuando siendo niño iba a comprar. Pero contaré una de ellas especialmente complicada y significativa para mí. De vez en cuando mis padres me dejaban junto a mi hermano en la casa de mi abuelita Fidela, en una casa muy grande con parcelita, donde vivía gente con plata, y sin plata, en calle Irarrázaval, en Puente Alto. Siendo más claro, era en los momentos que compartíamos y jugábamos de igual a igual, con niños muy pobres, algunos sin educación sin medios en fin. Una tremenda experiencia, donde uno se da cuenta que los niños son iguales en todas partes.

Pues bien, mi abuela me mandaba a comprar pan, pickle, ají en salsa, bebida, lo que fuera, mil veces si era necesario, un día me mando a comprar azúcar, en el típico almacén de barrio, el almacén de  Don Alejo, hombre hablador, dominador del mundo, que abría con la venta del pan de las 6 de la mañana, cerraba al almuerzo, pero atendía por el lado, y cerraba definitivamente como a las 21.00 hrs, tenía de todo, y cuando se le hacía el pedido lo colocaba en una caja de cartón, con gran destreza la amarraba, y sacaba dulces de regalo para los niños, “lo que indicaba que mi hermano y yo siempre acompañábamos la compra”.

El día aquel, él me vendió un kilo de azúcar en un cambucho de papel kraft, con toda la magia de la puruña y del cierre del paquete, devuelta hacia la casa, yo iba “pajareando” y se me cayó la azúcar, y me vi en la encrucijada de no saber qué hacer, tenía el azúcar en el suelo;  bueno, recogí lo que más pude, estimo que alrededor de tres cuartos de kilo, usando el mismo cambucho roto para traer lo que quedaba a casa, y di por perdido un cuarto que estime ya no se podía recoger y estaba contaminado. Cuando llegué a casa de mi abuela, ella no me dijo nada y entendió el problema, por más que quise bajarle el perfil, sabía y tenía el peso de conciencia que era yo el culpable, pero había tenido la infinita comprensión de mi abuela Fidela.

Cuando salí a jugar más tarde, para sorpresa mía Jaime, un niño muy pobre, pero que con mi hermano encontrábamos muy divertido y atrayente por sus modismos, formas de hablar, su humor, que vivía en un rancho aledaño, siempre a “pata pelá”, su madre era prostituta, pero siempre nos saludaba con mucho respeto y parsimonia, como cualquiera profesional. Jaime había recuperado el otro cuarto, lo traía en una servilleta, untando su dedo y comiendo algo de esa azúcar, y llevando el resto para su casa. Y me dijo: Lo que bota el rico, el pobre lo aprovecha, y sobre todo si el rico es tonto, yo lo miraba y escuchaba estupefacto (sin decirle que era mía).

Tamaña enseñanza, hoy lo escribo con lágrimas, esa experiencia que me marcó, ese niño murió siendo joven, “peleando en la calle”; pero vi la felicidad de él, en sus ojos cuando encontró y recuperó el azúcar que con toda seguridad el y su madre, no podían comprar, y me enseño a mí varias cosas: primero que hay que cerrar la boca, dos la infinita capacidad de la abuela para perdonar a sus nietos torpes, y finalmente que la pobreza está al lado tuyo y no te das cuenta, y que con tan poco puedes hacer tanto…

Luis Ángel Carrasco Garrido

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